lunes, 20 de marzo de 2017

Los exámenes... expectativa vs realidad

Como dice la canción... "¡Vamos a contar mentiras, tra-la-la! Vamos a contar mentiras..."
Sí, vamos a contar mentiras, porque nos adentramos en uno de esos temas de mi maternidad tan controvertidos en los que el se-lo-que-es-mejor y lo-que-realmente-hago entran en colisión. Pero en colisión en plan bomba nuclear de esas que arrasa con todo lo que se encuentra por delante y, en este caso, la mayora damnificado es mi confianza en mi papel como madre. Hoy, tema estelar en Hay vida después de los 6... ¡los exámenes!


Vamos primero con la teoría.

La autonomía es, sin duda, ese tótem sobre el que ahora mismo, junto con el autoestima, gira la paternidad en términos generales. Además de criar niños felices, los padres debemos criar niños autónomos, capaz de valerse por sí mismos y sacarse las castañas del fuego. Eso, aplicado a todos los órdenes de la vida, para que sean adultos de provecho y resolutivos ante los vaivenes de la vida.

Una máxima que debemos aplicar también al terreno académico y, por lo tanto, a los estudios y su expresión absoluta... los temidos exámenes. No quiere decir que no tengan que tener supervisión o respaldo paterno, pero los niños tienen, básicamente, que valerse por sí mimos en lo que a cuestiones escolares se refiere. Han de ser responsables de sus tareas, de sus obligaciones, de sus trabajos y, por supuesto, de sus estudios.

Y ahora evaluemos la realidad, al menos la realidad de mi día a día

La niña no entendía. Decía que no entendía. Se ponía delante de los problemas y no era capaz de resolverlos, así que comencé echándole una mano. Cuando tenía que memorizar las primeras lecciones -quizás demasiado pequeña a mi entender- no sabía como enfrentarse a aquellos libros. Yo lo hacía por bien pero, al final, se fue creando un rutina que derivó en que la niña se aburre si estudia sola en la habitación. No se concentra. Mira el papel con los ojos casi en blanco y la mirada perdida, minuto, tras minuto, hora tras hora, día tras día. 

Le enseñé a hacer esquemas, intenté explicarle cómo tratar de entender y memorizar poco a poco... pero no he tenido éxito. Su estudio es una sucesión de diez minutos ante el papel, un "ya me lo sé, pregúntame", un rosario de titubeos -porque realmente no tiene ni idea- y un "no, es así, así y así". Y entre así y así, entre "sigues sin sabértelo", la crispación va en aumento. Mi frustración, su frustración, mis riñas, sus lamentos. Al final, acaba memorizándolo, pero creo que más a base de oírmelo repetir que por verdadero esfuerzo suyo. Y, sobre todo, después de que ambas pasemos un rato terrible.


Y lo que es peor, ella pone solo el estudio y supone que es cosa mía la organización, la decisión de lo que se estudia en cada momento y si es suficiente o no. "Mira, niña. ¡Que yo ya estudié lo que me tocaba! ¡Qué yo ya tengo mi título de Primaria en el bolsillo!"

¿Por qué una madre que se tiene por responsable, capaz de razonar lo suficiente como para asumir que eso no está bien, acaba cayendo en esta trampa? Echando una de cal y otra de arena, podría justificarme diciendo que cada niño es un mundo y que no las mismas recetas funcionan con todos. Con mi otra hija eso no me pasa y, sin embargo, con la mayor, sí. Siendo más dura, creo que, sinceramente, es el miedo al fracaso, a que ellos fracasen, lo que nos hace sostenerlos más de la cuenta, tomarnos atribuciones que no nos corresponden para evitarles males que creemos mayores.

Si lo pienso fríamente, mi error es tan evidente que me abofetea la conciencia. Que se "escorne" -que se rompa los cuernos-, diría mi abuela. Que asuma cuál es su responsabilidad y que actúe en consecuencia y que, al final, asuma que sus actos tienen consecuencias.

¡Ay, la teoría! ¡Qué bien que me la sé...! Pero en la práctica, ¿qué sucede realmente? Pues no diré que no he tratado de cambiar el panorama. De hecho, creo que estoy en el camino. Pero tampoco os voy a engañar, estoy iniciando el proceso, pero nos queda un largo trecho por recorrer.

Desgraciadamente, y aunque no sea una excusa, soy hija de un sistema en el que primaban las notas sobre el aprendizaje. Y, aunque ahora, con los años, me he dado cuenta de que es una auténtica falacia, una cosa es saberlo y otra muy distinta asumirlo y aplicarlo. Porque, desgraciadamente, nuestro sistema educativo, trufado de planes y de buenas palabras, acaba reduciéndolo todo, al final, a una nota y un examen.

No voy a decir que la educación no ha cambiado nada desde que yo era alumna. Mi hija afronta un proceso de aprendizaje más atractivo y participa de actividades mucho más estimulantes. Y, sin embargo, a la hora de la verdad, lo único que cuenta, lo que a nivel académico representa su competencia, se reduce a un mísero y frío examen.

¿Cómo encontrar ese término medio? ¿Dónde acaba la orientación y comienza la ayuda perniciosa?

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